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01/08/2013

Jazzaldia 2013: día 5 y último

Cosas que uno se encuentra
La mente humana es así: el quinto día del Jazzaldia, antes de que haya terminado, uno pide íntimamente que llegue el final cuanto antes; en cuanto se extingue la última nota y se ha recuperado el aliento, se echa en falta. En todo caso, uno no es un Leónidas y no llegó a dos actuaciones que prometían mucho: el espléndido dúo de Barry Guy con Maya Homburger el sábado por la noche —tras el Maratón Masada— en el incomparable marco de San Telmo con el fresco de Sert a sus espaldas, y la actuación de Diana Krall en el Kursaal. Según fuentes solventes, a la Krall no se la vio en su mejor momento al piano, y el que tiró del carro musical del concierto fue —sorpresa, sorpresa— el invitado Marc Ribot.

Por una cuestión de conveniencia de horarios —o de prioridades, no nos engañemos— sí nos dio tiempo a pasar por la feria del disco del Hotel de Londres. Tras el consiguiente intercambio de euros por algo de rock, blues acústico, blues eléctrico, country antiguo, gospel clásico, un par de cosas de Martial Solal y la rareza que ven más arriba, dimos buena cuenta de la oferta gastronómica de San Sebastián, en la Parte Vieja y en Gros.

Patatas bravas del Café San Telmo (junto al Museo)
Chuletón del Bar Néstor (C/Pescadería)
G&T de la Gintonería (Gros)
(© Fernando Ortiz de Urbina)

25/07/2013

Jazzaldia 2013: día 1

© Fernando Ortiz de Urbina

La sucesión de conciertos gratuitos en los aledaños del Kursaal hacen de la primera jornada del Jazzaldia un evento aparte. Lo que para algunos es alegre y participativo, para otros es la turba.

Dejando a un lado cuestiones estilísticas, que ya somos mayorcitos, hay que plantearse qué queremos de la música. En el mejor de los casos, debería poder hacernos bailar y saltar, callar y chillar, reír y llorar... mientras nos arranca el corazón como a Indiana Jones y lo vuelve a dejar en su sitio, con ternura, las veces que haga falta.

El jazz, la música, el arte en general, en el mejor de los casos, parece nacer de este diálogo:
—¿Y si hacemos...?
—¡¿Y por qué no?!
© Fernando Ortiz de Urbina

Qué pasa si reunimos dos baterías, un vibráfono, percusiones varias, bajo eléctrico, dos guitarras eléctricas con sus correspondientes efectos, sección de vientos (trompeta, trombón, saxos alto, tenor y barítono), un theremin, voces... y, en realidad, lo que se le ocurra al director. También pueden añadirse unos bailarines. Y un pintor que trabaje durante la actuación. Y video de fondo. ¿Y qué tal un globo gigante con forma de medusa? Ya puestos, que flote sobre el escenario y se pasee por encima del público.

Qué pasa si, con ese conjunto, en el repertorio metemos mucho vamp. Como el tema de "Misión Imposible". Música para bailar. Y ritmos binarios, como los de la "Danza del Sable". Y ternarios. Y en cuatro, que es lo clásico. Y en cinco como nunca hubiera imaginado Dave Brubeck. Y un poco de ese jazz que va desde Mingus a Mostly Other People Do The Killing. Y guitarras rockeras. Y acordes bonitos. Y estruendosos unísonos. Y polkas. Y ska...

Todo eso, que responde al nombre de SHIBUSASHIRAZU ORCHESTRA, se perdieron las cenicientas del día 24. Eso, y ver a toda la playa de la Zurriola, repleta, eufórica, saltando y dando palmas a las dos de la mañana de un jueves.

Shibusashirazu Orchestra
© Fernando Ortiz de Urbina

Antes, esa misma tarde...

ROBERT GLASPER: en cuarteto. El vocoder da bastante menos juego de lo que algunos parecen creer. El funk es como un buen postre: lo remedia todo. Sobre un buen bajista (Derrick Hodge) y un buen baterista (Mark Colenburg), se puede tocar prácticamente cualquier cosa. Uno de los mejores momentos se produjo con Casey Benjamin al saxo y sin Glasper. Para pensar.