Uno de los aspectos más fascinantes de la historia de la música popular de EE UU es el origen del blues. Al considerarse el núcleo duro de toda la música popular del siglo XX, la simiente de un fenómeno de masas como el rock, el contraste con sus humildes orígenes en el Delta del Mississippi le dan un carácter épico a un género ya de por sí evocador y visceral. Si además se presenta como el sustrato musical de la supervivencia al secuestro, la travesía transatlántica y la esclavitud en ultramar, la mitificación es casi inevitable.
Además, sobre este mito se ha ido depositando un sedimento que apenas deja lugar para discusiones legítimas sobre el origen del género musical, una especie de dogma apelmazado por consideraciones siempre inútiles sobre su pureza, su autenticidad. Inútiles, porque si la historia es una película, en el mejor de los casos la autenticidad no es más que un fotograma escogido arbitrariamente por una serie de prejuicios, elegido como referencia absoluta e indiscutible contra la que se compara, humillado, el resto de la película. Digo en el mejor de los casos, porque no son pocos en el que esa autenticidad ni siquiera es un fotograma de la película, sino un pasado utópico, un ideal que no ha existido nunca.
Charley Patton - "I Shall Not Be Moved" ("No nos moverán")
Sin pruebas fehacientes, al blues se le ha asignado una trayectoria inseparable de los esclavos traídos de África a América y sus descendientes. En el principio sólo era cosa de negros, y al entrar en contacto con los blancos fue contaminándose. Extrapolando esa trayectoria imaginada, el origen del blues estaría en África. Por una serie de motivos, entre ellos la asfixiante presencia real del racismo en EE UU, el estudio y el debate sobre lo que conocemos como blues choca contra muchas barreras y prejuicios. Por ejemplo, con tanto insistir en la dicotomía negros/blancos, ¿no nos estamos olvidando de alguien?