Dedicarse a la(s) música(s) que llamamos jazz no es un cometido fácil, ni desde un punto de vista artístico, ni como forma de ganarse la vida. Los motivos que pueden llevar a optar por ese camino escapan a la lógica. El arte es un asunto arriesgado y no bastan la longevidad y la obstinación más férrea para garantizar el reconocimiento popular o la subsistencia económica. Incluso con esos factores a favor, la suerte y la coincidencia pueden crear o destruir carreras. Aun así, hay personas que trabajan sin cesar para trasladar al mundo real lo que agita sus espíritus, y si hay alguien que, en el campo de la música, ha elevado su arte a unos niveles abrumadores de virtuosismo técnico, con el trabajo que ello conlleva, nadando contra la indiferencia o la desaprobación, a veces violenta, ese es Cecil Taylor, que hoy cumple 85 años.
| © Naiel Ibarrola, 2014 |
Años antes de que Ornette grabase un disco, antes de John Coltrane se adentrara decidido en lo desconocido, Taylor estaba abriéndose paso a martillazos en la escena neoyorquina. Nunca llegó a lograrlo del todo, aunque fuera el primer músico de jazz que actuó en el Five Spot Café y el que, de alguna forma, metió a ese establecimiento en la historia de esta música. Taylor no sólo estaba al tanto del jazz y sus tradiciones, sino que reclamaba la influencia de Duke Ellington en su enfoque de la forma y la composición. Como pianista virtuoso, sorprendían su claridad de ideas con respecto al valor de la técnica y el papel que ésta desempeña al referirse en términos elogiosos a colegas como Thelonious Monk y Horace Silver, dos ejemplos claros de técnicas instrumentales que son consecuencia de la música que ejecutan, y no al revés. En todo caso, su entrada en escena no debió de ser muy distinta a la de Henry Cowell en el mundo “clásico”, treinta o cuarenta años antes.
