26/07/2013

Jazzaldia 2013: día 2

Escanciando sidra en Azpeitia
(© Fernando Ortiz de Urbina)
Dado que el grueso del Jazzaldia se desarrolla por las tardes, las mañanas quedan libres para otras actividades en una ciudad y sus alrededores, lurralde en la parla políticamente correcta, con una oferta gastrónomica sin par. Ayer había feria y concurso de sidra en Azpeitia, a media hora en coche por la autopista. Bajo un sol de justicia y contra el fondo de la música itinerante de la banda municipal y las cuadrillas de trikitilaris (acordeón diatónico y pandereta), el ritual consistió en pagar un vaso e ir probando el producto de los puestos a lo largo del perímetro de la plaza municipal. En el centro, el jurado oficial degustando el producto, escanciado como mandan los cánones.


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La segunda jornada arrancó, para este cronista, con el trío de VIJAY IYER arropado por la acústica limpia y matizada del teatro Victoria Eugenia. Neoyorquino, hijo de emigrantes indios tamiles, licenciado en físicas y matemáticas, Iyer está al margen de los perfiles habituales del músico de jazz. Y eso se nota en su música, incluso viniendo a través de un formato tan sobadísimo como el trío de piano.

Vijay Iyer Trio (© Fernando Ortiz de Urbina)
A estas alturas del siglo XXI uno está acostumbrado a encontrarse de todo al escuchar música instrumental improvisada. Al paladar, los ingredientes de Iyer son puramente norteamericanos, desde Thelonious Monk a Steve Reich, pasando por Herbie Nichols y Henry Threadgill (sonaron sus “Wildflower” y “Little Pocket Size Demons” respectivamente), el frenesí virtuoso del bop y las serenas evocaciones de Bill Frisell, la digna sencillez de los espirituales, los ritmos de la escena neoyorquina...

La clave está en la presentación: quizás influido por su bagaje académico (a saber cuál es el huevo y cuál la gallina) Iyer es un músico de conceptos claros y reflexionados, y su trío, increíblemente preciso. Desde el orden y cantidad en que se combinan aquellos ingredientes a la cuidadosa e incómoda contorsión de las manos de Iyer en busca de lo exacto, al dominio y control absoluto de ritmos y contrarritmos del baterista Tyshawn Sorey. Lo brillante es que nada de esto sonó mecánico o forzado.

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En la sesión de la Plaza de la Trinidad nos reencontramos con una vieja conocida del festival: la lluvia insolente, impertinente e intermitente. Arrancó con el atardecer y no terminaría de irse hasta la mañana siguiente.

El programa doble de la Trini, presentada por Cuadernos de Jazz, prometía: quinteto de STEVE SWALLOW con Carla Bley, más Jorge Pardo con big band.

Steve Swallow Quintet (© Fernando Ortiz de Urbina)
Swallow es un bajista eléctrico totalmente atípico. Su sonido es plano, su manejo de la púa, extraño. En el extremo opuesto a Pastorius y seguidores, dista mucho de ser un virtuoso. Es uno de esos músicos en los que el instrumento no es más que un medio, en este caso de un gusto y un lirismo únicos en el mundo.

Ese lirismo se contagia al resto del quinteto, con Chris Cheek al tenor, Steve Cardenas a la guitarra y Jorge Rossy de vuelta a la batería, en el que hay una clara distinción entre esos tres “jóvenes”, más lanzados, y la pareja de septuagenarios, más sobrios. Lo musical derivó hacia los clásicos, con mucho blues y un final velocísimo sobre los acordes de “I Got Rhythm”.

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De Madrid al cielo. O a Francia. Los viejos del lugar saben que a JORGE PARDO hay que ir a verle sí o sí, pero si un premio otorgado por nuestros vecinos sirve para que se entere más gente, bienvenido sea.

Aquí se presentó con una big band del Taller de Musics de Barcelona dirigida por David Pastor (brillante su segundo solo de la noche), con Marc Miralta a la marimba más guitarras, percusión, palmeros... Un número de músicos que se antojó algo excesivo sobre todo para el efecto conseguido. En los últimos tiempos abunda con las grandes formaciones el “arreglo plastilina”, una mezcla compacta de instrumentos que parece buscar una mayor pegada obviando consideraciones armónicas y tímbricas más sutiles, y algo de eso, aunque no siempre, hubo aquí.

Jorge Pardo (© Fernando Ortiz de Urbina)

Pardo, en la esquina contraria, pudo con todo y con eso. Presentado como instrumentista, en realidad es un cantaor a través del soprano curvo, la flauta alto, el saxo tenor o lo que se lleve a la boca. Es un solista consistente, imaginativo y brillante. Y, especialmente con la flauta, es único.

La sorpresa, relativa y de costadillo, fue la guitarra de Josemi Carmona. Quizás sean figuraciones mías, pero da la impresión de que se está dedicando muy en serio al instrumento, al que le saca el sonido acuoso de su padre.

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El claustro del antiguo convento, hoy Museo, de San Telmo, a cinco minutos a pie desde la Trini, es un marco perfecto para reflexión y la calma. Iluminado con gusto y el público a oscuras, el trío AURORA, de Agustí Fernández al piano, Barry Guy al contrabajo y Ramón López a las percusiones (batería y tabla), presentaron su próximo disco, el tercero ya a su cuenta.

Barry Guy en San Telmo (© Fernando Ortiz de Urbina)
Al cabo de un largo día, bajo la tenue lluvia, a oscuras y la posibilidad de descansar los pies sobre la hierba, lo que hace Aurora fue una de las experiencias musicales más intensas que uno ha vivido en mucho tiempo. Estos son tres músicos extremos: virtuosos extremos e improvisadores extremos, con un dominio inconcebible de todos los recursos de sus instrumentos y tan capaces de arrebatos de violencia como de llevar más lejos que nadie el sonido hacia la asíntota del silencio.

Esa primera faceta asusta a muchos, pero no debería llevar a engaño a nadie: Aurora es el vehículo con el que estos tres improvisadores exploran extremos de lirismo. Si en otras facetas de sus carreras exploran otros rincones de la psiqué humana, aquí se centran en la sensibilidad más profunda, a millas de distancia de sensiblerías y boniteces, con un añadido especial: el aire mediterráneo que aportan Ramón y, sobre todo, Agustín.

Este es un trío que, mientras dure, nadie debería perderse.

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A la segunda o tercera vez que uno acude a un festival queda claro que tiene su fauna autóctona, caras que uno ve juntas una vez al año a lo largo de menos de una semana. Con o sin tarjeta especial colgando del cuello, hay organizadores, cronistas, fotógrafos, gente que conoce gente... que siempre están ahí, que parecen estar “en el ajo”.

Una de esas caras era la de RAÚL MAO, director de la revista Cuadernos de Jazz. Este es el primer año de los que va a faltar. Falleció en febrero, y en la Trini, entre el pase de Swallow y el de Jorge Pardo, Miguel Martín le entregó a Maria Antonia García, compañera de Raúl, una placa en homenaje a éste.

Con sus defectos y a base de terquedad, Raúl hizo que en España hubiera una revista de jazz en papel durante veinte años. Hoy, cosas de la modernidad, sigue adelante en internet. Con sus defectos, insisto, esa revista ha contribuido a la visión que se tiene hoy del jazz en España.

El testamento de Raúl podría ser el ruego con que Vijay Iyer cerró su recital: “Keep listening” (“no dejen de escuchar”).

Raúl Mao tratando de fotografiar a Clark Terry,
Jazzaldia de 1999
(© Fernando Ortiz de Urbina)

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